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Reality Show

Había una fiesta electrónica en Tokio, y Jenny me insistió insoportablemente una semana previa para que la acompañase. Bien, fuimos allí, y pronto nos vimos rodeados de adolescentes y jóvenes igual que ella. Menos yo, porque ya estoy viejo y rezagado y mis distracciones vitales no van mas allá de un buen colchón y una taza de café.

Nada más llegar, sonaba un clásico de Erasure, a todo dar, a todo volumen. En la vereda de la entrada del local, una pareja de cabellos largos indistinguidamente sexuales, se estaban devorando a besos. Jenny estaba espléndida con su vestido blanco y unos pantalones vaqueros debajo. Me tomó de la mano y me lanzó esa sonrisa hermosa y traviesa que me hizo pensar que tramaba algo malo.

Luces intermitentes y multicolores alumbraban nuestras caras y las caras de todos los jóvenes, bailando y frotándose. La vida en ese lugar era muy simple, bailar y frotar. Casi no podíamos ver nada por el humo de los cigarrillos, ni siquiera las caras definidas del dúo de Djs que estaban moviendo sus cuerpos como si tuvieran un anfibio adentrándose por sus cálidos culos.

Solamente pensaba en dos cosas: la primera era bebidas y la segunda era bebidas. Quería beber un rato, matar algunas neuronas y evacuar aquel campo de concentración nazi evolucionado.
—Sentémonos allá –dijo ella, soltando mi mano y señalando un asiento al fondo de la discoteca.
Fuimos allí, y al llegar sentí que olía a marihuana pura. Nada mal para comenzar. Supongo que lo más probable es que los chicos de hoy no les importa la calidad les importa la cantidad. Luego llegaron algunas amigas de Jenny, me las presentó:
—Bueno, ésta es William, aquella es Joyce y ésta otra es Ana.
Me quedé sorprendido con el nombre de la primera, William. ¿Pero que mierda pasa aquí? Le conté mi incertidumbre a Jenny en susurros:

—Recién se ha operado, aun no ha pensado en un nuevo nombre – Me contestó.

Lo irónico es que Willy tenía el trasero más grande de todo el local. Aquel culo podía hablar cualquier momento, y cuando eso pase, los chicos le van a dar duro contra la pista de baile.
Entonces pasó. Le estábamos dando como media hora a la cerveza, bueno, en realidad yo le estaba dando a la cerveza. Jenny solo toma whisky con agua, dice que es para no engordar y que es más saludable. Así que ella, mi-chica-toma-whisky-saludable se emborrachó y ya se había meado dos veces en los pantalones. Esas cosas suelen pasar. Las mujeres siempre traen sorpresas cuando pasan del nivel de sobriedad. Me llevé las manos al rostro. Y decidí que era hora de marcharse. Las amigas de Jenny, de alguna forma se emborracharon más temprano que ella y se fueron con el primer chico que las sacó a bailar.

Jenny, tenía el rostro inclinado y los ojos semiabiertos, parecía endemoniada. Miraba el suelo. Pensé en recriminarle lo de la meada de los pantalones por décima vez, ¡Por el amor de dios! ¡Ya somos grandes para estar orinándonos encima! Pero no fui capaz de ello. Y pensé en el Internet, en los libros, en escribir un libro en Internet, en los mensajes que mando a las editoriales. Luego ella puso sus ojos sobre mí:

— ¿Sabes porque no te responden las editoriales?
—Realmente no lo sé, me he partido el culo escribiendo esa novela.
—Pobre de ti, amor. —dijo
— ¿Por qué no me responden las editoriales?
— ¡Porque sos feo y viejo y encima estas acabado! No sé que hago con vos esta noche, debería escupirte en la cara y revolcarme con los chicos que me de la gana.
—Bien, ya has bebido suficiente, es hora de irnos.
—Yo no voy a ninguna parte. —gimió ella.
— Nena, escucha, estoy cansado de estas cosas. Vamos a casa.

La sujeté de los brazos.
— ¡Suéltame! ¡Mierda, déjame en paz, hijo de puta!
Le solté. Miré hacia los lados por si alguien estaba mirando mi reality show, todo el mundo bailaba. Resignado, di media vuelta, sin mirarle y me dirigí a la puerta de salida.

Uno trata de ser buen chico y lo único que consigue es ver como una chica se mea en sus pantalones y te llama hijo de puta.
Salí a apretujones del local. Di a la avenida. La pareja de pelos largos estaba apoyada a un auto, estrujándose, les escucho jadeando frenéticamente. Lo están haciendo en la calle. El amor está sobrevalorado hoy en día. Di la vuelta en la esquina siguiente dirigiéndome al parqueo.

Entonces escuché que alguien corría detrás de mí, unos tacos femeninos estaban tintineando sobre la calle. Escuché mi nombre, Dios mío, es ella, Jenny, la borracha.

— ¡Josh! ¡Esperá!

Aceleré el paso, ella siguió corriendo, luego comencé a correr, fue cuando recibí un botellazo en la espalda. Caí instantáneamente al pavimento. Ella se me acercó.

— ¿Mi amor, estas bien?
No contesté.
—Perdón, no quería lastimarte, es que estabas caminando muy rápido.
— ¡Claro! —Grité— y tenías que estamparme un botellazo, ¿verdad?
—Tú tienes la culpa por dejarme sola en la discoteca. —Me dice en un tono tierno.
—Si mal no recuerdo, me dijiste que te deje en paz.
—O sea que si te digo que te tires desde un puente, ¿Lo harías?

Y allí vamos otra vez.
Ella y sus contrapreguntas estúpidas que me quieren enredar. Uno de estos días me va a matar.

Compinches

Eran las 3 o 4 de la mañana cuando sonó el teléfono de la casa. Era un sonido monofónico que retumbaba por toda la casa. Siempre seré un amante chapado a la antigua. Descolgué.

— ¿Hola?

Nadie contestaba.

— ¿Hola?

Entonces me di cuenta que tenía el control de la Tv en mi oreja. Descolgué el verdadero:

— ¿Hey Dude, estabas durmiendo? —Dijo una voz femenina. Era Ana del 233.
—No. Estaba tratando de averiguar quién fue primero: La gallina o el huevo.
—Siempre tan sarcástico.
—Siempre tan inoportuna.
—Te llamo para que me ayudés. —Dijo entonces.
—ésta no será otra de tus jugadas nocturnas, no?
—No,...ahora estoy corriendo, voy huyendo por la doble vía principal, le robé la cartera a una señora. Necesitaba el dinero para las anfetaminas.
— ¿Sabés cuántos años dan por eso?
—No importa, estoy yendo para tu casa. Soy buena corriendo.

Luego colgó.

—Zorra escandalosa...—Susurré.

Me serví un vaso de leche y encendí la plasma. Pasaban "Taxi Driver" en la tv. Nada mal para empezar la noche con un clásico. 15 minutos después tocaron la puerta, era un toque especial. Abrí:
—Rápido, cierra la puerta...—Dijo Ana entrando como la fugitiva de la ley que es.

Se quitó los zapatos y se esparció en el sofá. Era un lindo sofá. Lo había comprado por 100 dólares en la tienda de medio uso.

— ¿Podés creer que la vieja de mierda casi me alcanza? —Dijo bostezando.
—Al menos valió la pena?

Ella abrió la cartera y empezó a sacar como un mago saca conejos de un sombrero: Cosméticos, perfumes, toallas femeninas (Ana se rió al verlas), una botellita de whisky irlandés (Esta vez yo me reí), algunas cosas más de mujeres, y 347 dólares con algunas monedas esparcidas dentro del bolso.

—Con esto tengo para una semana —Dijo en voz baja.
—Creo que a mí me toca la botella.

Me la alcanzó.
Lo más probable es que la gallina haya sido antes que el huevo.

Sonriéndome

Me gusta la manera
en que decís "¡Fuck me, hard! ¡Fuck me, hard!" .
Cuando te jalo el pelo.
Mientras estamos,
en lo que parece ser,
un ritual salvaje de apareamiento.

Me gusta ante todo tu pinta de chica mala, ruda,
al mejor estilo del punk anarquista de los 70,
con tus tatuajes, tu blusa remendada, tu rímel corrido
y tus labios mal pintados.
El problema estuvo
en la forma
en que llegamos
a este punto.


Era uno de esos conciertos
que hacen las bandas de rock locales,
con mal equipo de sonido,
pero hay alcohol y cigarrillos
y al final,
es lo único que importa.

Ya te había visto un par de veces anteriormente.
Vi que salías con chicos afeminados.
Alguien me dijo que leías a Poe y que eras lesbiana.
Así que me dije: No esta nada mal. 

Entonces la tercera noche, hoy.
Pasé por tu lado en dirección de la barra,
directo a pedir un par de vasos whisky
para romper la noche.

Vos me jalaste de la chaqueta
con toda confianza y me ordenaste:
"Invitáme un vaso de cerveza, man".
Te ignoré por un par de segundos
y luego me volteé hacia vos:
"Solo me puedo permitir invitar whisky o en su defecto vodka alemán".
Te dije y sonreíste nerviosa. 

Luis, el barman del bar,
me alcanzó mis vasos de whisky
y antes de darte la espalda
me pediste que te invite una de las dos opciones.
Así que grité:
"Luis, un par de vasos de whisky para la chica de pelo azul".
Y otra vez sonreíste,
pero no me quedé con vos,
me fui a mi mesa,
junto a otra chica,
que no te llegaba ni a los talones.

Porque esta noche no estaba para seleccionar.
Esta noche tenía que dejarme llevar.
No pasó ni una hora
cuando viniste a mi mesa.
La chica que me acompañaba se llamaba Naomi
y Naomi
no te miraba de buena manera.
Pero no te importó
y en contra de las expectativas
me susurraste algo al oído y te marchaste.

Tenías una voz chillona. Y eso,
en cierta medida me puso a mil.
Le dije a Naomi que se fuera
Así que cuando lo hizo
Me dirigí a los baños
Y cuando llegué allí
aseguré la puerta
y te encontré
encima del inodoro.
Sonriéndome.


Entrevista en Radio

No estoy acostumbrado a que me entrevisten. Eso de hacer preguntas, me cae mal. Hay personas que tienen el don de hacer preguntas estúpidas. No obstante cuando me llamaron para una entrevista por un relato que mandé a la radio “MutaPadre” de la ciudad capital, tuve la aguda sensación de que seria un placer parecido al de eyacular, responder preguntas convencionales sobre mi obra.

Llegamos al estudio, dije “llegamos” porque fui acompañado por un encargado de invitados que me indicó la hora y lugar de la entrevista desde el hotel Victoria donde me alojaba. 


— ¡Tenemos un invitado especial! ¡Con ustedes, el escritor Kusuhara! –Dijo la locutora. Una mujer de 43 con espíritu de 18 y unas tetazas y unas piernas largas embutidas en un Blue Jeans. Parece ser muy alta. 

—Buenos días, Señor Kusuhara, ¿Cómo estamos hoy? –Añadió la de las tetazas.
— ¡Bien muy bien! —respondí. En realidad estaba mal y con la cara molida a tragos, una noche antes había mezclado whisky con vodka y cerveza y agua con gas. Mala idea.
— ¿Cuantos años te dedicas a la literatura? —Preguntó la locutora.
—35 asquerosos años.
— ¿Y cuantos años tienes?
—29 primaveras.
—No puedes afirmar dedicarte 35 años a alguna actividad, cuando solo tienes 29 años. –me dijo casi a punto de estallar de la risa.

—Que te den por el culo, amiga. —pensé

Le miré. Estudié su cara detenidamente. No la conocía y le empecé a odiar. ¿Pero qué se ha creído para poner en tela de juicio mi masterado de letras? Ella ignoraba completamente que yo había sido primo-lejano de Maximo Gorky en la otra vida. La entrevista había sido un fracaso desde la entrada. Estaba hasta los huevos de lidiar con estos Homosapiens.

—Bien, prosigamos… –dijo. ¿Qué ha sido lo más increíble que te ha pasado en la vida? Sé honesto, por favor.

—No me lo vas a creer pero cuando estaba en la escuela había otro niño más grande y todos le tenían miedo. El que se le cruzara en el camino era ganador de un par de patadas. Así que un día le miré feo porque él acababa de pegarle a uno de mis amigos. Vino hacia mí y me empezó a pegar, yo no podía defenderme, estaba cagado de miedo. Desde ese día me pegaba casi todos los días tras verme, había pensado en salirme de la escuela, en no ir más, pero mis padres no me creían lo de las golpizas. Una mañana me llené de valor, me enfundé unas botas y fui a por él, me fui con todo mi armamento, pero aún así me pegó, y siempre me pegaba en la salida. ¿Acaso no es increíble? ¿Donde mierda está el Karma?

—Realmente increíble…tengo información, de que usted ha escrito la novela “No me toques los huevos, tío Sam”. Explíquenos, oh maestro, cómo es la temática de esta obra.
—Bueno, qué te puedo decir, la novela trata sobre un tío que empieza a defecar cloruro de sodio, y si no me equivoco el cloruro de sodio equivale a la sal de mesa. Al ver que contaba con una cantidad ilimitada de sal, decide montarse una empresa con el producto. Tiene dificultades al principio pero al final se logra cumplir su sueño, materializar sus metas tú sabes nena lo que quiero decir.

—No me diga “nena” —susurró —, Ahora cuénteme, ¿Cómo y cuando es que decidió escribir una novela?
—Bueno, habían días en que me hartaba mirar pornografía por Internet, aquello de ver tanta violencia en el mundo, era deprimente. Yo, en un escape de la realidad, quise plasmar una historia. Fue allí, por iluminación divina, o talvez porque llegué al nirvana que empecé de forma voraz a escribir la novela. Doy gracias a Dios que soy socialista y por inventar las patatas fritas, ya sé que eso no viene al caso, pero quería que les quede muy claro.

—Bueno, eso ha sido todo por hoy, gracias por venir Señor Kusuhara. Esperamos tenerlo pronto promocionando algún otro libro, o, a lo mejor la continuación de esta insólita y fabulosa novela. —Lo dijo en tono sarcástico. Las personas que trabajan en los medios de comunicación siempre mienten, les resulta fácil. Saben como suena la verdad.

— ¿Algunas palabras para despedirse, Sr. Kusuhara?

—Quiero dar las gracias a todos los lectores del blog, por ayudarme a publicar mis escritos. Gracias. Y a ti nena, te invito a cenar esta noche ceviche, aderezado de una cosecha de vinos del 72º.

Ella pensó un momento mi propuesta:

—Esta bien, acepto, ¿A qué hora?
 —Te llamaré.

Y me largué de allí sin pedirle el número de teléfono, le quité el cigarrillo a un anciano que estaba en el estudio y apresurado, bajé las gradas.
Lo único que quería era volver a mi ciudad. Lo único que quería era volver a ver a Jenny.

Nationalsozialismus

Justo cuando encendí el televisor tocaron la puerta, fui a abrir. Era Mitch, mi ex-cuñado, yo salía con su hermana pero ella se metió con otro chico y las cosas no habían terminado bien, pero esa era otra historia: 

— ¡Heil Hitler! —Dijo Mitch con el brazo arriba.
—Pasa, pasa.

Traía en sus manos dos botellas de vodka alemán Serschin.
—Mira lo que he pillado con menos de cien pavos en el supermercado.
—Tú si sabes invertir, Mitch. 

Lavé dos vasos sucios que estaban en el lavaplatos y se los pasé a Mitch. Él escanció el vodka en los vasos y me pasó uno de ellos. Echamos el primer trago en la cocina y luego nos fuimos con los vasos y las botellas al sillón frente al televisor. Estaban pasando una película subtitulada: Inglorious Basterds, salía un tipo con un bate de béisbol que mataba a los nazis, tenía estilo, hay que reconocerlo.

— ¿Te acuerdas de Tony, el de enfrente? —Preguntó Mitch.
—Sí.
— ¡Pues es un maricón!

Eché un buen trago de vodka y bajé el volumen de la televisión.

— ¿Cómo lo sabes? —Pregunté.
—Le vi entrar a un motel anoche, abrazado de otro hombre.
—Pudo haber sido su padre.
— ¿Quién va con su padre a un motel?
—Tienes razón, Mitch.

Me serví más vodka en el vaso y cambié de canal. En uno estaban pasando un video musical de The Strokes. El tema era You Only Live Once. Lo dejé allí.

— ¿Y te acuerdas del padre de virginia, el que tenía un mostacho?
—Sí, el otro día le vi. —Dije.
— ¡También es maricón!
—Para ti todo el mundo es maricón.
—Es que tengo un don, un instinto innato para detectar maricas.
—Si, claro. ¿Y que pasó con Frank?
— ¿Frank?
—Sí, el tío que compartiste departamento el año pasado. Le conociste dos meses y cuando te confesó que le gustaba chupar pollas te alejaste de él como un rayo en una tormenta.
— ¿Y que esperabas que hiciera, tío? no se puede ir por allí diciéndole a todo el mundo que te gusta chupar penes, es peligroso. Además, siempre supe que era gay, quiero decir tenía mis sospechas, pero quería darle una oportunidad al muchacho, ya sabes, dejar de ser prejuicioso, una parte de mí no quería creer en eso. —Dijo Mitch.
—Una parte de ti se lo quería follar.

Mitch escupió parte de su vodka. Y se sirvió otra vez.

—Mierda, te estoy hablando en serio. Frank era un buen colega, incluso me emborrachaba con él muchas veces, pero cuando me lo dijo no podía imaginarme otra vez bebiendo con él. Dios sabe que haría conmigo cuando nos emborrachábamos, seguramente me bajaba los pantalones y me la chupaba.
—Seguro que sí.
—Y luego está lo de la pasta dental.
— ¿Qué pasó con eso?
—Pues que un día despierto junto a Frank en la misma cama. En medio de una buena resaca y siento que una parte de la espalda me arde. Total que meto la mano por detrás del pantalón y descubro que tengo pasta dental en el culo. 

— ¡Dios mío!
— ¿Puedes creerlo? ¡Pasta dental en el culo!
— ¿Frank te dijo algo?
—Pues nada, se hizo el que no sabía nada, un tipo depravado.

Acabamos una de las botellas de Vodka y Mitch abrió la otra. Conforme se iba emborrachando alzaba cada vez más la voz.

— ¡Préstame tu baño, tío! —Gritó.
—Vale.

Mitch fue a echar una meada y me quedé allí mirando como Casablancas terminaba de interpretar el tema. Cuando Mitch volvió tenía los ojos desorbitados. Se había envalentonado con el alcohol.

— ¿Y qué me dices?
— ¿De qué? —pregunté.
— ¡Vamos a partirle la cara a esos maricones, sé donde están!
—No voy a golpear a alguien sólo porque le guste chupar pollas.
— ¿Qué pasa, tienes miedo? ¡Hitler y Matsuoka te lo ordenan!


No contesté.

— ¡Oh, Trevor Kusuhara, el tío que no golpea maricones!

Me serví otro vaso de vodka y lo fulminé al instante.
—Estaré aquí cuando te revienten el culo. —Dije.

Mitch frunció las cejas y se bebió la segunda botella de un tirón. Completa. 
— ¡Me largo, este lugar apesta a mierda! —dijo.

Aumenté el volumen del televisor. Estaban pasando los anuncios. Mitch dio grandes zancadas hacia la puerta. Luego salió dando un portazo.
— ¡Kusuhara le diré a todos que eres un maricón! —Gritó Mitch detrás de la puerta y se largó.


Los Billy "Broders"

Billy Jou iba en el volante y Billy Jean de copiloto. Iban por la autopista de máxima velocidad. Era una calurosa noche de Mayo. Billy Jean sacó la cabeza por la ventana. El viento golpeaba su rostro a 120 kilómetros por hora y era realmente alucinante.
    ¡Buenas noches Nueva York! —Gritó
Billy Jou dobló en una de las esquinas y se estacionó frente a uno de esos cines que cierran hasta más allá de la medianoche. Billy Jean encendió la radio. Estaban poniendo algo de Pixies. Billy Jean subió el volumen.
— ¿Qué clase de música es esa? —Dijo Jou.
—Pero si es el clásico de los clásicos: “Where is my mind?”.
—Y una mierda. Cuando tú conduzcas eliges tu música.
Billy Jou apagó la radio.
Billy Jean se volteó al cine. Había un gran póster en la entrada junto con muchos más. "Franklyn" decía el más grande. Y salía un tipo con una máscara.

— ¿Has visto esa película "2012"?
— ¿De que va? —Preguntó Jou.
—Según allí el mundo se va a hacer mierda en el 2012.
—Pensé que ya lo estábamos.
—Sí, pero se trata de desastres naturales cosas así.
— ¿Pagar por ver desastres naturales? Ni hablar.

Una pareja de enamorados salieron del cine. Iban tomados de la mano. Él le cuchicheaba algo en la oreja y ella reía alto, muy alto.
—Mírales —Dijo Jou.
—Parece que se aman de verdad.
—Dios mío cómo me enferman esas personas.
—A mí también, broder —Dijo Jean.
—Creen que están en una de esas películas hollybudenses.
Billy Jou apagó el motor y ambos salieron de la furgoneta. Siguieron a la pareja dos calles más abajo.


—Esto me hace recuerdo a Laura. —Dijo Jean.
—¿La loca que te dejó por Harry?.
—Sí. Pero hubieses visto como la chupaba, broder.
—Parece que fue la única chica que te has tirado.
—Bueno también estuvo Geraldine.
—Esa no cuenta, me la recontra-tiré en los baños. Tiraba con cualquiera que le diera de beber.
—Y sí, pero son más mujeres de las que tú has tenido.

Billy Jou frunció las cejas.
La pareja se detuvo frente una cabina telefónica. Era el momento perfecto. Billy Jou sacó una ligera navaja. Corrió hacia el hombre y le clavó catorce puñaladas en la espalda. Éste cayó casi al instante. La chica quedó estupefacta. Billy Jean se abalanzó y le tapó la boca justo antes de que gritase. Todo esto en menos de 30 segundos.

—Bien, Broder. —Dijo Jou.
—A veces pienso que somos "Seals" perfectamente entrenados para matar.
—Si fuésemos seals no mataríamos a pobres diablos.

Billy Jou revisó la cartera del hombre, 15 dólares y una tarjeta de crédito. La chica gemía por liberarse. En uno de sus intentos arañó la cara de Jean. Éste gritó y sacó con una de sus manos unas cuerdas y le ató las manos y la amordazó.

—Mierda, tu novio no tenía nada de pasta. —Dijo Jou mirándole a ella.
— ¿No me digas que hemos hecho un trabajo en vano?
—Así parece, broder.
— ¿Y que haremos con ésta muñeca?
—Tendremos que sacarle algún provecho.

La forzaron a caminar 3 calles más abajo, había un callejón oscuro. Billy Jou limpió su navaja en su blusa y luego la guardó. Para entonces era más de la medianoche y casi no pasaban los autos. Billy Jean la puso contra la pared y le reviso el cuerpo. Traía una pequeña carterita entre los senos.

—Vaya vaya. Alguien nos tenía una sorpresa.
Abrieron el bolso y había una cámara fotográfica, un móvil, pinturas y unas gomas de mascar.
—Mira —Dijo Jean. Es una cámara digital.
— ¡Wow! debe valer carísima.
—Sí, es muy pequeña.
— ¿Jou, me la puedo quedar?
—Esta bien, pero seré primero. —Dijo Jou.
Se abrió la bragueta y sacó aquella cosa latiendo.
— ¿Por qué tienes que ser primero?
—Porque soy mayor y...además tú has tenido más novias.
—Mierda. —Dijo Jean.
—Sepárale las piernas.
— ¿Qué?
— ¡Que le separes las putas piernas!

Billy Jean separo las piernas de la chica. Billy Jou se posicionó y con la punta del pene fue guiándolo hacia el coño. Cuando lo encontró le pasó una de las manos y se la llevó a la nariz.
—Dios mío, tienes que olérselo, broder.
Billy Jean le metió los dedos en el coño y luego los olfateó.
—Huele a Chocolate con Vainilla.
—Hay que admitir que es una chica con clase.

Billy Jou escupió en la punta de la polla y penetró a la chica de espaldas. Lentamente introdujo sus 15 centímetros de carne erecta dentro de ella.
—Dios mío, dijo Jou, tiene unas paredes vaginales impresionantes.
La chica empezó a jadear.
—Mírale, broder, cómo le gusta a la muy zorra.
—Sí, ya no hace falta sujetarle las piernas. Jean las soltó.
Billy Jou siguió penetrándola tranquilamente unos buenos 20 minutos. Cuando terminó se limpió en sus bragas. Era el turno de Billy Jean, rápidamente se bajó los pantalones y la dobló en dos. Era su pose preferida, como perritos.
—Tenías razón, broder. Parece que tiene una tenaza en el coño.
Billy Jou se sentó en el piso.
—Ni hablar, me ha dejado seco.
—Jou, ¿te puedo pedir un favor?
— ¿El qué?
—Sácame una foto así. Quiero una para la posteridad.

Billy Jou se levantó de malas ganas y encendió la pequeña cámara. Enfocó la imagen central y sacó una foto de Billy Jean en pelotas embistiendo a una rubia hermosa.
Billy Jean terminó a los 5 minutos.
Cuando ambos se sintieron satisfechos se volvieron a vestir.
—Bueno, ¿y ahora qué haremos con ella? —Preguntó Jean.
—Tendremos que matarla, nos ha visto las caras.
—Pero es tan hermosa, broder.
Billy Jou se acercó a ella.
—Escucha nena, si hablas algo de todo esto, te buscaremos y te mataremos.
La chica volvió a gemir de susto.
—Esta bien, la dejaremos viva. Tenemos algunos de sus contactos en su móvil. No creo que hable.
Por último le ataron los pies y la dejaron allí toda inmóvil. Caminaron calles arriba y subieron a la furgoneta y arrancaron con dirección al sur.
Billy Jean reclinó el asiento y se echó a dormir.
Billy Jou siguió manejando y estacionó media hora después en una gasolinera. Se acercó al teléfono público y disco un número.

— ¿Señora Fischer?
—Sí, soy yo.
—Tenía razón, señora Fischer.
— ¿A qué se refiere?
—Su esposo le estaba engañando con otra mujer.
— ¡Lo sabía! —Dijo ella. ¿Y cómo era la maldita?
—Joven, rubia y sensual. Toda una destroza hogares.
— Como me la imaginé. ¿Entonces...lo hicieron?
—Sí señora Fischer. Nada difícil, como dicen en Sicilia: ahora su marido duerme con los peces.
Hubo un silencio tras esa frase. Luego volvió en sí
—Bien ¿tienen la tarjeta de crédito?
—Sí, Madame.
—La clave es 8635. Vacíen la cuenta y salgan del país.
—Un placer hacer negocios con usted, señora Fischer.
—Me gustaría decir lo mismo. —Dijo ella antes de colgar.

Tipo Temerario

—Big Joey era un chico grande, fornido y ancho y tenía pelos por todas partes. Tenía pelos en las axilas y en los testículos y en el culo. Big Joey nunca se rasuraba. En lo posible no se bañaba por días y salía disparando en su furgoneta WMV a flirtear un poco.
No sé cómo se las arreglaba pero siempre llegaba con una o dos universitarias borrachas en el asiento de atrás, luego las metía a su casa, las maniataba y las desnudaba, entonces las violaba por turnos. Podías oír todos aquellos gritos de las pobres chicas, Big Joey las embestía con todas sus fuerzas, experimentaba con ellas, y cuando estaba apunto de eyacular, terminaba con toda su lefa en las pequeñas bocas de las niñas, las obligaba a tragárselo a punta de golpes y bofetadas. Así las tenía por días, luego se cansaba de ellas, las botaba lejos donde nadie las encuentren y regresaba a su casa con otras chicas. Big Joey era un tipo temerario.
— ¿Y qué pasó después? —Me preguntaste.
—Me desperté y fui a echar una meada, nada más.


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