Billy Jou iba en el volante y Billy Jean de copiloto. Iban por la autopista de máxima velocidad. Era una calurosa noche de Mayo. Billy Jean sacó la cabeza por la ventana. El viento golpeaba su rostro a 120 kilómetros por hora y era realmente alucinante.
— ¡Buenas noches Nueva York! —Gritó
Billy Jou dobló en una de las esquinas y se estacionó frente a uno de esos cines que cierran hasta más allá de la medianoche. Billy Jean encendió la radio. Estaban poniendo algo de Pixies. Billy Jean subió el volumen.
— ¿Qué clase de música es esa? —Dijo Jou.
—Pero si es el clásico de los clásicos: “Where is my mind?”.
—Y una mierda. Cuando tú conduzcas eliges tu música.
Billy Jou apagó la radio.
Billy Jean se volteó al cine. Había un gran póster en la entrada junto con muchos más. "Franklyn" decía el más grande. Y salía un tipo con una máscara.
— ¿Has visto esa película "2012"?
— ¿De que va? —Preguntó Jou.
—Según allí el mundo se va a hacer mierda en el 2012.
—Pensé que ya lo estábamos.
—Sí, pero se trata de desastres naturales cosas así.
— ¿Pagar por ver desastres naturales? Ni hablar.
Una pareja de enamorados salieron del cine. Iban tomados de la mano. Él le cuchicheaba algo en la oreja y ella reía alto, muy alto.
—Mírales —Dijo Jou.
—Parece que se aman de verdad.
—Dios mío cómo me enferman esas personas.
—A mí también, broder —Dijo Jean.
—Creen que están en una de esas películas hollybudenses.
Billy Jou apagó el motor y ambos salieron de la furgoneta. Siguieron a la pareja dos calles más abajo.
—Esto me hace recuerdo a Laura. —Dijo Jean.
—¿La loca que te dejó por Harry?.
—Sí. Pero hubieses visto como la chupaba, broder.
—Parece que fue la única chica que te has tirado.
—Bueno también estuvo Geraldine.
—Esa no cuenta, me la recontra-tiré en los baños. Tiraba con cualquiera que le diera de beber.
—Y sí, pero son más mujeres de las que tú has tenido.
Billy Jou frunció las cejas.
La pareja se detuvo frente una cabina telefónica. Era el momento perfecto. Billy Jou sacó una ligera navaja. Corrió hacia el hombre y le clavó catorce puñaladas en la espalda. Éste cayó casi al instante. La chica quedó estupefacta. Billy Jean se abalanzó y le tapó la boca justo antes de que gritase. Todo esto en menos de 30 segundos.
—Bien, Broder. —Dijo Jou.
—A veces pienso que somos "Seals" perfectamente entrenados para matar.
—Si fuésemos seals no mataríamos a pobres diablos.
Billy Jou revisó la cartera del hombre, 15 dólares y una tarjeta de crédito. La chica gemía por liberarse. En uno de sus intentos arañó la cara de Jean. Éste gritó y sacó con una de sus manos unas cuerdas y le ató las manos y la amordazó.
—Mierda, tu novio no tenía nada de pasta. —Dijo Jou mirándole a ella.
— ¿No me digas que hemos hecho un trabajo en vano?
—Así parece, broder.
— ¿Y que haremos con ésta muñeca?
—Tendremos que sacarle algún provecho.
La forzaron a caminar 3 calles más abajo, había un callejón oscuro. Billy Jou limpió su navaja en su blusa y luego la guardó. Para entonces era más de la medianoche y casi no pasaban los autos. Billy Jean la puso contra la pared y le reviso el cuerpo. Traía una pequeña carterita entre los senos.
—Vaya vaya. Alguien nos tenía una sorpresa.
Abrieron el bolso y había una cámara fotográfica, un móvil, pinturas y unas gomas de mascar.
—Mira —Dijo Jean. Es una cámara digital.
— ¡Wow! debe valer carísima.
—Sí, es muy pequeña.
— ¿Jou, me la puedo quedar?
—Esta bien, pero seré primero. —Dijo Jou.
Se abrió la bragueta y sacó aquella cosa latiendo.
— ¿Por qué tienes que ser primero?
—Porque soy mayor y...además tú has tenido más novias.
—Mierda. —Dijo Jean.
—Sepárale las piernas.
— ¿Qué?
— ¡Que le separes las putas piernas!
Billy Jean separo las piernas de la chica. Billy Jou se posicionó y con la punta del pene fue guiándolo hacia el coño. Cuando lo encontró le pasó una de las manos y se la llevó a la nariz.
—Dios mío, tienes que olérselo, broder.
Billy Jean le metió los dedos en el coño y luego los olfateó.
—Huele a Chocolate con Vainilla.
—Hay que admitir que es una chica con clase.
Billy Jou escupió en la punta de la polla y penetró a la chica de espaldas. Lentamente introdujo sus 15 centímetros de carne erecta dentro de ella.
—Dios mío, dijo Jou, tiene unas paredes vaginales impresionantes.
La chica empezó a jadear.
—Mírale, broder, cómo le gusta a la muy zorra.
—Sí, ya no hace falta sujetarle las piernas. Jean las soltó.
Billy Jou siguió penetrándola tranquilamente unos buenos 20 minutos. Cuando terminó se limpió en sus bragas. Era el turno de Billy Jean, rápidamente se bajó los pantalones y la dobló en dos. Era su pose preferida, como perritos.
—Tenías razón, broder. Parece que tiene una tenaza en el coño.
Billy Jou se sentó en el piso.
—Ni hablar, me ha dejado seco.
—Jou, ¿te puedo pedir un favor?
— ¿El qué?
—Sácame una foto así. Quiero una para la posteridad.
Billy Jou se levantó de malas ganas y encendió la pequeña cámara. Enfocó la imagen central y sacó una foto de Billy Jean en pelotas embistiendo a una rubia hermosa.
Billy Jean terminó a los 5 minutos.
Cuando ambos se sintieron satisfechos se volvieron a vestir.
—Bueno, ¿y ahora qué haremos con ella? —Preguntó Jean.
—Tendremos que matarla, nos ha visto las caras.
—Pero es tan hermosa, broder.
Billy Jou se acercó a ella.
—Escucha nena, si hablas algo de todo esto, te buscaremos y te mataremos.
La chica volvió a gemir de susto.
—Esta bien, la dejaremos viva. Tenemos algunos de sus contactos en su móvil. No creo que hable.
Por último le ataron los pies y la dejaron allí toda inmóvil. Caminaron calles arriba y subieron a la furgoneta y arrancaron con dirección al sur.
Billy Jean reclinó el asiento y se echó a dormir.
Billy Jou siguió manejando y estacionó media hora después en una gasolinera. Se acercó al teléfono público y disco un número.
— ¿Señora Fischer?
—Sí, soy yo.
—Tenía razón, señora Fischer.
— ¿A qué se refiere?
—Su esposo le estaba engañando con otra mujer.
— ¡Lo sabía! —Dijo ella. ¿Y cómo era la maldita?
—Joven, rubia y sensual. Toda una destroza hogares.
— Como me la imaginé. ¿Entonces...lo hicieron?
—Sí señora Fischer. Nada difícil, como dicen en Sicilia: ahora su marido duerme con los peces.
Hubo un silencio tras esa frase. Luego volvió en sí
—Bien ¿tienen la tarjeta de crédito?
—Sí, Madame.
—La clave es 8635. Vacíen la cuenta y salgan del país.
—Un placer hacer negocios con usted, señora Fischer.
—Me gustaría decir lo mismo. —Dijo ella antes de colgar.









3 Comentarios:
flipado
no esta mal.....se ve que no andas muy bien de la cabeza, lo cual promete....
Gracias, Carlos.
Publicar un comentario en la entrada