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Habitaciones Usadas

Llevo ocho meses trabajando en un hotel cinco estrellas. No pagan mucho en realidad, pero algo es algo. Aquí conocí a Lintzi. Ella mide un metro y cincuenta centímetros. Es la hobbit más hermosa que he visto en mi vida. Soy el botones. Mi trabajo consiste en llevar las maletas de los huéspedes y de vez en cuando ser camarero en el bar del hotel. 

En el bar estaba Bill. Bill era una especie de familiar del dueño del hotel. Siempre estaba sentado buscando peleas a los clientes. No le gustaba que le digan "nenaza".
—Hey tú. Le dijo Bill a uno que estaba sentado al frente. ¿Cómo te llamas?
—Me llamo Jed Martin.
—Escúchame Jed, a que no tienes cojones de llamarme "nenaza".
—Pues qué te puedo decir, eres el rey de las "nenazas".
Bill se levantó.
—Vayamos afuera.
— ¿Afuera? Pero si hace frío.
—Te voy a partir la cara, nadie me llama Nenazas.
Jed Martin se puso de pie, ambos fueron hacia las puertas de salida. En seguida vino Jhonny. Jhonny era el recepcionista del hotel. Siempre con su peinado impecable.
— ¿Qué pasó, tío? Dijo.
—Nada, le han llamado nenazas a Bill.
—Cristo, que fuerte.
Sirvo algunos martinis a los huéspedes que descansan en las mesas del bar y luego me siento junto a la barra. A veces los clientes dejan sus vasos a medio tomar, allí es donde yo entro, me bebo todo lo que ellos sobran. De repente viene el administrador, el Señor Wellington.

— ¿Kusuhara, otra vez bebiendo a las doce del medio día?
—Señor, han dejado un vaso de vodka intacto. No pienso desperdiciarlo.

El Sr. Wellington tenía ganas de echarme a la calle. Pero yo era un tipo duro. Él quería hacerme renunciar para que yo no cobrara el seguro del desempleo a tiempo. Pero seguía siendo un tipo duro. Me controlaba las horas de salida y de entrada. Creo que nunca se encontró con alguien con tanta suerte.

Dos manos me tapan los ojos desde atrás:
— ¿Adivina quien soy? —Dice una voz femenina.
—La enana más linda del mundo.
—Y tú el ogro más feo.
Nos besamos rápidamente antes que Wellington nos mirara.
— ¿Sabes que día es hoy?
—Liz, dos adivinanzas en un día es demasiado.
—Nuestro mesversario. Cumplimos seis meses juntos.
—Si le llamas salir, el liarnos en el trabajo, allá tú.
— ¿Qué harás esta noche?
—Voy a ver pelear a Bill. Seguro que hoy alguien le pone en su sitio.
—Mejor pasemos la noche aquí.
— ¿Aquí?
—Sí, dile a Jhonny que nos de una de las habitaciones usadas.
—Vale.
—Nos vemos.
Le miro de espaldas. Es la hobbit más sexy que he visto en mi vida. Llegan unos turistas portugueses. Jhonny me llama a recepción. Voy. Los turistas traen equipajes. Son pesados. Traigo mi carrito especial para grandes equipajes y lo monto todo dentro. Llevo todas las cosas al cuarto piso, habitación 411, suite matrimonial. Cuando bajo veo a alguien familiar. Es George un antiguo compañero de la escuela. Me reconoce al instante.
— ¿Trevor? ¿Eres tú?
—Hola, George.
—Pero qué cojones, Trevor. ¿Estás currando aquí?
—Si, de botones.
— ¡Ja Ja ja! ¡Ja Ja ja! ¡Ja Ja ja!
—Es lo que hay.
—Tío, el otro día la encontré a Jenny. ¿Te acuerdas? Tu ex-novia ¡Ja Ja ja! Le pregunté por ti. Dijo que estás en eso de la literatura. Que ahora escribes y no sé que más, hasta te hiciste un blog. ¿Cómo se llama? ¿La vieja mierda? Mierdabuena? ¿El país de las mierdas?
—No sé de que hablas.
—Vamos, Trev, si quieres escribir, escribe sobre nosotros.
Inmediatamente percibo que viene acompañado de 3 o cuatro tipos más. Todos vestidos de negro y con instrumentos musicales.
—Somos Dickes Runners, la banda de rock más grande del país.
— ¿No te parece un poco exagerado eso de llevar cadenas de metal en el cuello?
—Es la nueva moda, tío. ¿Sabes cuanto cuestan estas cosas?. Son carísimas.
—Tengo trabajo, George.
—Espera, quiero que veas algo. Jim ven aquí.
George le habló a uno de sus amigos. Jim vino con una guitarra enfundada en la espalda.
—Jim, dijo George, quiero que toques algo a la servidumbre.
Jim saca una guitarra acústica y empieza a tocar un solo de Van Halen.
George observaba fijamente mi cara, esperaba que me asombre o que le diga que son una gran banda de rock. Pero todo lucía deprimente. Finalmente Jim se cansó y volvió a su puesto.
—A qué te ha dejado flipado, ¿no? Dijo George.
—He visto peores.
—Venga ya, que Jim ha ganado todos los concursos de guitarra del país.
—Me tengo que ir, George.
—Piensa en lo que te dije, Trevor, escribe sobre nosotros, un libro, como el de Motley Crue. Te vamos a pagar, eso sí, no mucho, porque al fin y al cabo no eres un PROFESIONAL ¡Ja ja Ja!
—Lo voy a pensar.
En realidad no había nada qué pensar.
George se va donde Jim y sus secuases. Meto sus maletas al carrito y subo por el ascensor al tercer piso, habitación 302. Con cuatro camas.

Así la paso gran parte del día. Trato de esquivar a George o a cualquiera de sus amigos cuando pasan por los pasillos. No quiero aguantar otro de sus shows.
Cuando llega la noche, Lintzi me encuentra en el bar. Estoy bebiendo un whisky con agua que dejó un cliente del hotel. Realmente lo necesitaba.
— ¿Vamos? —Dice ella.
—Ok, voy a hablar con Jhonny.
Voy a recepción. Jhonny está a punto de cerrar su turno. Por la noche entra otro tipo, un tal Rolando. Es nuevo. Pero es bastante serio.
—Jhonny necesito que me des una habitación.
—Eso te va a costar un ojo de la cara.
—Vamos tío, dame una de esas habitaciones usadas.
—Vale, solamente hay una, pero tienes que desocuparla hasta mañana a las 7 de la mañana.
—Te quiero Jhonny.
—No me jodas.
Tomo las llaves de la habitación 520. Está en el último piso. Era de unos turistas alemanes que pagaron por una semana pero solo la ocuparon 6 días y luego se largaron, así que teníamos un día para aprovechar con Lintzi.

Subimos. Ella está con su uniforme de mucama. Le queda bastante bien. Cuando llegamos arriba la alzo con mis brazos. Ella ríe. Ríe como una niña. Pocas veces he sido tan feliz que el verla sonreír en mis brazos. Avanzo hasta la habitación ella gira el pomo con la llave y le lanzo a la cama.
—Espera, que me quite el uniforme.
—No, quiero que lo hagamos así.
—Vale.
Le alzo un poco el vestido por atrás. Y hacemos el amor, lentamente.
Tras terminar ella se da un baño, luego sale con una toalla envuelta en el cuerpo.




—Tengo algo para ti, dijo.
— ¿Que?
—Un regalo por los 6 meses.
—No era necesario.
—Claro que sí, tontito.
Saca de su bolsillo una cajita arrugada y envuelta en papel de periódico.
Me lo da. Me da mucha pena abrirlo. Todo esto es tan deprimente.
—No te he comprado nada, Liz. Me siento mal.
—No importa soy feliz a tu lado.
Abro el papel de periódico y adentro hay un reloj viejo. Está un poco desgastado.
—Lo encontré en una de las habitaciones mientras limpiaba. Es tuyo.
—Gracias.
Le beso.
—Te puedo pedir algo.
— ¿Si?
— ¿Podemos hacerlo en la terraza?
—Vale
Nos dirigimos a la terraza, ella se quita la toalla y la penetro allí, mirando la ciudad desde el quinto piso de un hotel de cinco estrellas. Es una buena vista. La vida era una mierda pero nunca estaba demás buscar nuevas perspectivas. Abajo estaba Bill sacándose la mierda con otro tipo.
—Creo que esto no me pone, dice ella.
—Mira la sangre, mira el sudor, cómo pelean.
—Dios mío. ¿Puedes terminar de una vez?
—Bueno.
Termino dentro de ella. Lo más profundo. Ella me mira a los ojos. Le gusta que termine mirándole a los ojos. Saber que una parte de mí está dentro de ella. Nos echamos en la cama. Prendo la TV. Están pasando "Scarface".
—Mira, es Robert de Niro.
—No es él. Es Al Pacino, dije.
—Ah, siempre les confundo. Tengo mucha hambre
—Voy a ver qué consigo.
Llamo a recepción, contesta Rolando.
— ¿Si?
—Rolando, soy Trevor, necesito un par de platos de pollo con mayonesa.
—No soy tu puto cocinero, tío. Aquí no se fía.
—Hazme éste favor, tío y luego haré lo que sea por tí, escribiré una carta para tu novia, algo romántico, le va a llegar al corazón, te lo juro.
—Mmmmm...vale, pero eso no vale por dos platos, solamente uno.
 —Esta bien.

Quince minutos después, una de las sirvientas sube con un buen plato de pollo al horno con arroz. Me muero de hambre, pero no soy capaz de hacerle pasar hambre a Liz.

Ella me pregunta si quiero, le digo que no. Me voy al baño. Me encierro. Me miro al espejo, Solamente veo a un tipo triste y oscuro. Nada más. Luego abro el grifo y bebo agua. Mucha agua, me quiero llenar de agua para no desear el pollo con arroz de Lintzi y que ella coma en paz.
— ¿Qué harás este fin de semana? —Dice ella desde la cama.
— Nada.
— Te invito a casa de mi abuela. Ella sale a una cosa de la iglesia.
— Vale.
— Te voy a cocinar un buen plato de carne asada.
—Vale.
— ¿En verdad no quieres un poco de pollo?
—No, no me gusta el pollo, miento.

Luego bajo por el ascensor a la primera planta para ir a la sala de computadoras. El hotel tiene una. De noche no hay mucha gente. Entro en una de las computadoras a mi correo. Veo si alguien me ha escrito algo. Hace una semana atrás mandé un relato a dos revistas locales. Una no me respondió, otra me acaba de mandar un mensaje. Lo abro:

“Señor Kusuhara.

Estamos muy agradecidos de recibir su material. Pero sentimos que la temática de sus relatos no corresponde al tema central de la revista.
Gracias por su comprensión.
Adiós”.

Leo otra vez el mensaje.

Lo elimino.
Me paso una mano por el pelo.
Mensajes como esos son como un puñetazo en la cara. Pero con el tiempo te vas acostumbrando. Siento la depresión por todos lados, rondándome. Qué pretendía con todo esto, las revistas no pagaban mucho, por más que me hubiesen aceptado, seguramente me pagarían una miseria, pero estaba desesperado y no había nada más jodido que un hombre desesperado.
Volví a la habitación con Liz. Ella se había dormido. Tuvo un día muy ajetreado. Me recosté con ella. Entonces se despertó:
— ¿Y?
— ¿Y qué? —Dije.
— ¿Te respondieron las revistas?
—Nada. —Miento.
—Pero si hace una semana que le has mandado tus escritos.
—No lo sé, Liz. Estoy un poco confundido ahora mismo.
—Ven aquí grandullón, dice, y me abraza fuerte. Ya responderán. Ya verás, tarde o temprano te publicaran algo.
Pero dentro mi sé, que no es así. Es una mierda de vida todo esto.
—Te vi charlando con aquel rockero del 302.
—Sí, un viejo enemigo.
— ¿De dónde le conoces?
—Creo que intenté matar a su madre.
— ¿De verdad?
—No, pero me trata como si lo hubiera intentado.
—Parecen que son famosos con sus instrumentos y sus vestimentas.
—Créeme, sólo son unos mierdas.
—Vale.
Nos recostamos. Y al cabo de un rato nos dormimos. Yo no, finjo que duermo para no llorar.


2. El Camino a Casa.


Despierto por el sonido del teléfono junto a la cama. 
Descuelgo. Es de recepción. Es Jhonny:
—Tío son las siete de la mañana, saca tu culo de allí, no tarda en llegar el cabezón.
—Ok.
Cabezón le decíamos los trabajadores al Sr. Wellington. Colgué.
Busqué a mi lado a Lintzi. Pero no estaba. Me levanté para ir al baño y estaba ocupado. Era ella.

—Amor, ¿Estás haciéndolo?
— ¿El qué? —Dijo ella.
—Ya sabes, algunos le llaman...cómo decirlo...cagar?
—Mierda, ¿tenías que decirlo?
—No encontré otra palabra.
—Que te parece "defecar", y aún así quieres ser escritor.

Me vestí con mi uniforme de Botones, me puse el reloj de medio uso que me regaló Lintzi, encendí mi móvil y salí de allí hacia el lobby del hotel. Las cocineras estaban sirviendo el desayuno en uno de los salones del hall del hotel. Era un buffet enorme. Toda una mesa aguardando para ser devorada: Panes, mermeladas, leches, cafés, etc. Era lo más parecido al paraíso. Pasé de todo eso y me fui directo al baño público. Mientras meaba me miraba en el espejo, tenía lagañas y el pelo revuelto. Apenas había dormido un par horas. Toda la noche pensando en la muerte y el destino. Pero no estaba mal. Soy un tipo duro, me decía a mi mismo. Por suerte era sábado y tenía dos días libres. Al rato entró Hernando. Un uruguayo que también era botones. Me relevaba de puesto los fines de semana. Antes había dos botones al mismo día. Pero ahora yo me ocupo del turno de día y en la noche se encarga Rolando. Todo por el Sr. Wellington que quiere ahorrar una pasta. No entiendo cómo este hotel es de 5 estrellas. Veo que por todos lados que la infraestructura se está cayendo a pedazos. El elevador hace un ruido horrible al subir. Y ni que decir las escaleras. Pasabas tus manos por las agarraderas y notabas un espeso grosor de polvo.

—Hola, loco. —Dice el uruguayo.
Simplemente muevo la cabeza como señal de reconocimiento.
No quiero intimar mucho con él. Quiero mantener las distancias. Los camareros del hotel y demás empleados comentan que Hernando es yonki. Se mete droga hasta por el agujero del culo. No es que lo juzgue pero una vez conocí un yonki y no paraba de pedirme dinero todo el tiempo. Al final me debía como 250 dólares. Los 250 dólares que nunca volví a ver.

—Che, viste el partido de anoche: Uruguay vs. Paraguay? —Dice Hernando.
—No.
—Pero qué puede ser mejor que ver un partidazo del mejor equipo sudamericano?
—Comer una pierna de pollo con la mano, quizás.
—Dios mío, al menos sabés quien ganó la Copa América, no?
—Ni idea, man.
—Sos medio raro. —Dice después de mear y lavarse las manos.

Salgo de allí antes de que suelte todo el pronóstico futbolístico. Veo que por la puerta principal está entrando el Sr. Wellington. Logra verme. Se acerca. Oh, cristo.
—Kusuhara, pensé que tenía el día libre.
—Vine a reemplazar a Hernando me dijo que estaba enfermo pero ahora ya está bien.
En ese momento Hernando sale de los baños.
—Sr. Inés, le dice cabezón al uruguayo, si se siente mal la próxima vez reporte a recepción.
—No sé de que habla señor. Nunca he dicho estuviera mal.

Me alejo de allí como una exhalación. Wellington quería echarme, pero eso le iba a costar trabajo. Voy a recepción.
—Jhonny, tengo que irme. Me despides de mí a Lintzi.
—Vale tío.
—Gracias por la habitación.
—De nada, cabroncete.

Wellington viene más atrás quiere encontrarme la mentira. Apresuro mis pasos.
En eso entran unos turistas asiáticos. Traen bastante equipaje. Como si estuvieran explorando la ciudad y estuvieran de acampada. Paso de ellos.
—Kusuhara, espere un momento, lleve el equipaje de estos señores. —Grita desde atrás el cabezón. Empiezo a correr.
Me hago el que no escucho nada y salgo por la entrada principal. Ya se ocupará de eso Hernando. Tengo ocho meses trabajando así que tienen que pensárselo dos veces antes de echarme. Camino un buen rato por la gran ciudad. La gente está empezando a salir. Algunos hacen caminatas en los parques; otros salen apresurados para sus puestos de trabajo. Me imagino verlos en cámara lenta y yo tratando de leer las líneas de sus rostros. Algunos de ellos tienen caras tristes y oscuras, se parecen a mí. Ellos también buscan el camino a casa.

Voy hasta la estación de trenes de la ciudad. Son las 7:35 de la mañana. Compro un ticket de 2 dólares que me llevará hasta mi casa. Vivo a media hora de mi trabajo. Alquilo un departamento que me cuesta un poco más de la tercera parte de mi sueldo. Pero es una buena inversión. A veces lo que un hombre necesita es tener un lugar privado de todas las cosas y pasar un tiempo a solas. Pensar en las probabilidades y ventajas. No podías estar todo el día por allí entre tanta gente. Tenías que huir de las masas de gente. Son peligrosas. Mi tren no tarda en llegar, lo abordo. Por suerte no hay mucha gente los fines de semana por la mañana. Me siento en uno de los asientos para ver si logro dormir un poco. No lo consigo. De fondo se escucha una vieja canción de Poison. Como si no tuviera suficiente con la depresión rondándome por todos lados.

Llego al edificio donde vivo. La dueña es una señora llamada Peggy. Tiene dos perros y 4 gatos. Su marido murió de Cirrosis. No estaba mal terminar los días de esa manera. Dicen que votaba sangre por los dos agujeros. Los perros de Peggy no me quieren. Desde hace 3 meses que vivo y todavía no se acostumbran. Entro por la rejilla del edificio y empiezan a ladrar. Es como si le avisaran a Peggy por cada inquilino que entra. Y cómo estaba previsto sale la señora Peggy.

—Buenos días, joven.
—Buenas señora Peggy.
—Veo que ha madrugado trabajando.
—Es lo que mueve este mundo, señora. La clase trabajadora.

Peggy espera que me quede a charlar con ella pero le doy la espalda. Uno de sus perros me sigue atrás mientras me ladra. Al principio tenía miedo de que mordiera pero luego dejé que el miedo se vaya a la mierda y me dije a mi mismo que como me tocara el canino le sacaría las tripas y las arrojaría a la calle. Por suerte para ambos llego rápido a los elevadores. Selecciono el sexto piso.
Mientras subo recibo un Sms de Lintzi:

"Amor, no te despediste de mí. Estás enfadado por lo del baño?
T.Q.M. Mi gigantón. Llámame para lo de mañana".

No sé que responderle sin demostrarle que estoy cansado y ajetreado por todo esto. Estoy pensando en no ir mañana a casa de su abuela. Pero eso se lo dejaré para el Trevor del futuro. El Trevor de mañana sabrá lo que hay que hacer.

Abro la puerta del departamento. Lo único que hay es una computadora vieja en la sala, cortinas oscuras y una cama desordenada en el dormitorio. Son mis únicos muebles. Lintzi siempre me pregunta que cómo puede un ser humano vivir en ésas condiciones. Le digo que Dios nos hizo a algunos de aceros y a otros de bronce. Entro al dormitorio y me lanzo a la cama. Apago el móvil. Me duermo: Al fin.

8 Comentarios:

derechoaequivocarse dijo...

Si no te publican es que son jilipollas. Me ha gustado mucho el relato.

Sigue adelante colega. Un saludo.

Trevor K. dijo...

Gracias por tu apoyo "Derechoaequivocarse" hasta ahora no sé tu nombre. Será otro misterio de la naturaleza?

Un saludo, colega.

DIANA dijo...

Hola Trevor!!

Cada escrito tuyo me remueve mil cosas, me recuerda que sigo siendo sensible.
Cuando abriste tu correo no encontraste un mail mio?...te he escrito y no contestaste, bueno mas bien contesté un correo tuyo que vi a destiempo, pues entro poco a ese correo.

Qué es lo que te causa la depresión? me interesa mucho saber eso. Conozco a una persona que también tiene periodos de depresión y quisiera hacer algo y no encuentro como ayudarlo a salir de eso.Solo me dice que no es mi problema que es asunto de el. =(

Amigo...no tomes los residuos de las copas, nunca sabes que bichos estarás ingiriendo...guacala! =P

Abrazos afectuosos!

Diana

Trevor K. dijo...

Hola Diana, sí me acuerdo de ese mail. No lo contesté porque pensé que te ibas a tardar otros 3 meses en responder. Sólo bromeo. De todas formas me alegra saber de ti. Te desapareciste un tiempo. Te he echado de menos.
La depresión más que ser causada pienso que yo la busco día a día. Los periodos de depresión son tan largos que uno no sabe cuando termina y empieza otra vez. Como una ruleta rusa pero sin balas.

No se puede ayudar mucho a una persona que lo padezca. Lamentablemente no tengo una respuesta concreta para darte. Porque aún no he descubierto como salir de ella de manera que no vuelva a recaer.

Gracias por tu comentario.
Abrazos etílicos.

Trevor K.

Nikita dijo...

Eres como un soplo de aire fresco.

Entre tierno y rudo, melancólico, marginal, irónico... que se yo. Diferente.

Me ha molado tu relato

Un abrazo

Trevor K. dijo...

Gracias Nikita. A mi me mola un montón tu blog y tu manera de ver las cosas. Me ha encantado eso de: "Entre tierno y rudo, melancólico, marginal, irónico... que se yo. Diferente"
Gracias por tu comentario.

Muchos abrazos para ti.

calmA dijo...

Seguro que conseguirás lo que te propongas...
Me gusta tu estilo, porque es diferente, transgrede.

Saludos

Trevor K. dijo...

Gracias misteriosa "calmA".
He ojeado tu blog y me parece interesante.
Saludos efusivos.
Gracias por tu comentario.

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