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Afronta la Realidad

    ¿Por qué nunca me llamaste? –dijo ella.
— Porque no tenía dinero. Lo siento.
— Pudiste haber ido a visitarme ¿no?
— Tú también pudiste haberme buscado.
— ¿Es que estás bromeando? Estaba convaleciendo de un accidente automovilístico, tenía fracturado gran parte del cuerpo, perdí mucha sangre, y… ¿tú querías que te busque así? Mírame...estoy llena de cicatrices, ¿Es que no te importa o nunca te importó? –ella estaba al borde de las lágrimas.
—Si tú de verdad me hayas amado, mujer eso no te importaría. Crearías alas en tu espalda y volarías hasta donde yo me encuentre, me llevarías almuerzo a mi trabajo y me comprarías revistas pornográficas en el Sex Shop. El poder del amor es sorprendente y mágico: ¿No Crees?
— ¡Vete a la mierda, hijo de puta!

Nunca más la volví a ver, excepto una vez. Por la ventanilla del tren de ida a la capital, ella estaba caminando por el andén, con la mano sujeta de otra chica. Lo más probable es que se haya echo lesbiana. Después de mí es lo que hay. No hay otro hombre mejor, soy insustituible. Es lo que quiero creer.
No obstante la vi tan feliz que sentí envidia, me retorcía el deseo de descender del tren acercarme hasta ella y golpearle la cabeza con un microondas hasta que quede inconsciente, luego le escupiría en el piso y correría a la farmacia más cercana a comprar condones, como si nada hubiese pasado. Soy un capullo.

Se llamaba Úrsula, había sido mi segunda novia desde que rompí con Jenny. La dejé de querer desde que tuvo el accidente automovilístico. El accidente le había perforado un orificio en los glúteos y las partículas del parabrisas le habían producido unos cortes en el rostro confiriéndole un aspecto demoníaco.

Era mi chica-de-cara-cortada. 
No me importaban demasiado los cortes de su cara, pero el orificio en su culo me incomodaba tremendamente, no podía dejarlo pasar desapercibido, despertaba horrorizado por las noches pensando que ese hueco absorbería mi ser como un agujero negro.

La chica de cara cortada a diferencia de las demás chicas no le gustaba los colores claros, usaba desodorante masculinos y raras veces usaba ropa interior. Siempre me reprendía por tratar de meter mi mano debajo de su pantalón:

— ¿Que va a pensar la gente? –decía ruborizada como un tomate.
— ¡La gente me la suda!

—No me gusta que me toques en público. Esas son cosas de putas.
—Pero son cariños, nena.
— ¡Que no soy una puta, te lo digo!

Hoy tras casi un año de no verla me reclama el “por qué” de mi desaparición, me gustaría contarle una súper-fantástica historia de Ciencia ficción, pero no me atrevo, quizás porque soy un cobarde, un cobarde que no afronta la realidad.
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